Me acaba de llegar una carta atribuida al Secretario General de las Naciones Unidas a tenor del Mundial de Fútbol. No sé si es verídica pero creo que vale la pena publicarla por aquí.
La Copa del Mundo: ¡qué envidia!
Por Kofi A. Annan
Se preguntarán ustedes qué hace el Secretario General de las Naciones Unidas escribiendo de fútbol. Pero de hecho, a nosotros, en las Naciones Unidas, la Copa del Mundo nos llena de envidia. Máxima manifestación del único juego auténticamente mundial, practicado en todos los países por todas las razas y religiones, es uno de los pocos fenómenos tan universales como las Naciones Unidas. Podríamos decir que lo es incluso más: la FIFA tiene 207 miembros, nosotros sólo tenemos 191.
Pero nuestra envidia obedece a algunas razones de mucho más fundamento.
En primer lugar, la Copa del Mundo es un juego en el que cada uno sabe dónde está su equipo y lo que ha hecho para estar ahí. Todos saben quién marcó, cómo lo hizo y en qué minuto del partido; todos saben quién falló el gol cantado; todos saben quién paró el penalty. Ojalá que en la familia de naciones tuviéramos esa misma rivalidad. Países que luchan abiertamente por ocupar los primeros puestos de la clasificación según el respeto de los derechos humanos y que tratan de superarse unos a otros en las tasas de supervivencia infantil o de matriculación en la enseñanza superior. Estados que exhiben sus resultados para que todo el mundo los vea. Gobiernos que asumen la responsabilidad de las acciones que les permitieron obtener esos resultados.
En segundo lugar, la Copa del Mundo es algo de lo que a todos les gusta hablar. Desentrañar lo que su equipo hizo bien y lo que podría haber hecho de manera diferente, por no hablar del equipo rival. Gentes sentadas en los cafés de todo el mundo, desde Buenos Aires hasta Beijing, discutiendo sin fin las mejores jugadas de cada partido, revelando un profundo conocimiento no sólo de su selección nacional sino también de muchas otras y expresándose sobre el tema con tanta claridad como pasión. Adolescentes normalmente silenciosos que adquieren una repentina elocuencia y se convierten en expertos seguros y en analistas deslumbradores. Ojalá que en el mundo en general pudiéramos mantener más conversaciones de ese tipo. Ciudadanos agobiados por el tema de cómo podría ascender su país en el índice de desarrollo humano o reducir el número de emisiones de carbono o de infecciones por el VIH.
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