Una revolución es una reforma que no se hizo a tiempo

Hace tan solo unos días nos despertábamos con la noticia de que un tipo había empotrado un coche lleno de materiales explosivos contra la sede del Partido Popular en Madrid. Afortunadamente, fue un atentado fallido, mal organizado, llevado a cabo por un hombre de 37 años que, según los periódicos, padece esquizofrenia. Por lo que hemos podido ver en los medios de comunicación, lo que llevaba en el coche difícilmente hubiera podido explotar y nos hemos librado de tener que lamentar la muerte de ninguna persona. Suspiro.

Daniel, así es como se llama el hombre de conducía el coche cargado con bombonas de butano, hubiera recibido en otra época el apelativo de loco. De hecho, este asunto no nos ha dejado tremendamente preocupados porque en el fondo sabemos que esto no se va a convertir en el comportamiento en masa del resto de ciudadanos. Nosotros estamos cuerdos y “ese tipo es un loco”. Pero lo que sí es cierto es que en la literatura y en las películas, y también en la vida, los locos son aquellos que acaban expresando esa verdad que los cuerdos no nos atrevemos a manifestar.

¿Y cuál es esa verdad? Pues eso que escuchamos todos los días caminando por la calle, en un bar o en conversaciones en el metro: que más de uno, en caso de no haber consecuencias, querría hacerle cosas no muy bonitas a los políticos de este país. Afortunadamente, en todos los casos (salvo el de esta semana) se queda en eso. En esa pequeña catarsis de decir las barbaridades que habría que hacerles y en nada más. Porque, afortunadamente, vivimos en sociedad, en la civilización, y la esencia de la vida en sociedad es precisamente reprimir esas acciones y esos pensamientos. La siguiente pregunta es entonces… ¿Hasta cuándo?

Una revolución es una reforma que no se ha hecho a tiempo. Y la realidad es que llevamos esperando demasiado tiempo a unas reformas políticas que no están llegando. Entre muchas otras reformas necesarias, todavía estamos esperando una reforma de la Ley de partidos que los haga más abiertos, más participativos, más transparentes y menos corruptos; un sistema electoral más abierto, más proporcional y que imponga primarias abiertas; un impulso de la lucha contra la corrupción que cuente con los medios suficientes para terminar con esta ponzoña que nos está ahogando y nos hace cada día más difícil pagar impuestos de buen grado; sistemas de participación ciudadana serios y que funcionen de verdad que nos permitan que nuestra voz y nuestra opinión cuente de verdad y no solo cada cuatro años o una reforma del sistema judicial que consiga, de verdad, que el político que la haga, la pague.

Y mientras estas reformas no llegan, en lugar de trabajar para lograrlas, nuestros políticos se dan prisa por aprobar la Ley Mordaza. No vaya a ser que empecemos a manifestarnos, no vaya a ser que nos cansemos de que sus reformas no lleguen, no vaya a ser que decidamos que no queremos acabar estrellados y decidamos hacer la revolución.

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Imagen: Popicinio (CC)